La leyenda de La Cruz del Diablo

Es la historia de un joven apuesto y galán llamado Don Diego, hijo de un acaudalado personaje ilustre de la ciudad que gustaba de juergas y bromas era un conquistador que se relacionaba con todas las mujeres de la ciudad y se aseguraba que con éxito.  En la pequeña ciudad de Cuenca su talante, sus aventuras y escándalos eran conocidos, y por tanto su comportamiento y nombre estaba en todos los comentarios y rumores que avergonzaba a sus padres.

Llegó a la ciudad una familia extraña,  según dijeron  de un lejano país para reposar el matrimonio durante unos meses en Cuenca y pudieran beneficiarse del clima seco de la ciudad que aliviara los males a su delicada madre y se beneficiara de las finas aguas. Venían acompañadas de una joven que dijeron era su hija de unos veinte años, de nombre Diana, era muy bella y hermosa.

Diana y Don Diego se encontraron cuando ambos paseaban por la tranquila senda que conduce a través del valle del Húecar hasta una pequeña aldea llamada de Palomera. Se saludaron y muy cortés Don Diego la invito a la fiesta que unos amigos celebraban, aunque oculto sus intenciones perversas.

Pasaron los días y D. Diego siguiendo su técnica para conseguirla no dejaba de cortejarla, un atardecer junto al río, bajo las casa colgadas, le pidió con insistencia lujuriosa su más intima flor, a lo que ella accedió en prueba de amor. A partir de aquel día intimaron y siempre se les veía juntos, con amigotes en ventas y tabernas envueltos en grescas, y borracheras. La madre que era una buena cristina sufría de verlo en tales compañías y excesos, más nada podia conseguir, su amado hijo Diego estaba enlodado con los más bajos instintos en el pecado. Así que desconsolada rezaba por el.

En aquella época el día de todos lo Santos se dedicaba a orar y creyendo que las almas de los fallecidos andaban por las ciudades y campos todas las familias al anochecer se encerraban en casa orando por las almas del purgatorio. Diana y Diego tomaron a chanza esas costumbres y en una fiesta son sus amigos, así lo comentaron, y apostó que seria capaz de estar a las doce de la noche en el lugar más solitario de la ciudad,  los amigos se miraron aterrados y decidieron no participar intentando convencerle de que su locura que podría traerle graves consecuencias. Este se rió de sus miedos y se ofendieron.

Un amigo llamado Juan, y le retó con apuesta a que no era capaz de estar a las doce del reloj de la Torre de Mangana en la plaza de la Ermita de las Angustias. Diego acepto y Diana le acompañaba. La noche era oscura y bajando a las Angustias el camino de piedra entre las altos farallones de piedra imponía los ánimos más templados, llegando al arco de piedra que accede a la plaza de la Ermita de las Angustias un rayo cayo muy cerca, seguido de un enorme trueno que retumbo entre las enormes rocas del lugar, Juan salió huyendo volviendo a la Plaza Mayor, y quedo Diego riendo, diciendo que la apuesta continuaba y la cobraría al día siguiente.

Quedaron solos los amantes y empezaron a besarse, ella simulando pasión le pidió la poseyera, faltaba un minuto para que fueran las doce de la noche, el caballero excitado y sometido a su pasión, se preparo para el acto y levanto su vestido, en ese momento empezó el reloj de la torre a tocar las campanadas de las doce y un relámpago ilumino la escena, lo que vio Diego le aterro de tal manera que se separo gritando aterrado, las piernas de Diana no eran de mujer sino las patas de un gran cabra, su cerebro percibió el peligro de que aquella mujer era el demonio que andaba por la tierra para captar almas pecadoras.

Aterrado ante estos hechos, desesperado y temeroso dio un salto al bajo muro del convento de los Descalzo y se aferro a una Cruz de piedra que existe frente al Convento de los Descalzos, pidiendo amparo y piedad, con tal fuerza por la desesperación y temor ante el demonio, que imploro arrepentido a Dios el perdón, y su mano sobre Cruz, tanto quedo como impresa y resaltada. El demonio camuflado de bella Diana, aulló como lobo cazado en trampa y desapareció tras una explosión luminosa que dejo un fuerte y pestilente olor a azufre.

Ante los gritos de Diego, los buenos frailes del convento vecino, salieron a ampararle y lo cobijaron en el convento. Donde profeso, allí vivió y murió arrepentido y feliz de haberse podido evadir de la trampa que el ingenioso diablo le tendió.

Denunciado el hecho a los alguaciles, se personaron en el domicilio donde estaba la familia de Diana alojados y encontraron tres machos cabrios muertos, así que relacionado la situación avisaron a los clérigos quienes acudieron arrojando agua bendita   y después los quemaron en una, dicen que unas fuertes risas se escucharon mientras decían: Volveremos.

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